viernes, diciembre 23, 2011

La última proyección (Un cuento de navidad)

El año pasado tuve la fortuna de ver cómo uno de mis relatos más queridos y personales encontraba un mínimo hueco en las ondas al ser seleccionado como finalista del Certamen Radiofónico de Cuentos Navideños Gloria Fuertes. El cuento llevaba escrito un par de años, y había fallado en una convocatoria previa, pero a lo largo de ese tiempo se benefició de alguna revisión adicional, de algún recorte y de un par de cambios formales. Nada que añadir o quitar a la historia. Como digo, este relato es absolutamente personal y aúna mi amor por el cine en general y por las salas de barrio en las que disfruté de tantos buenos momentos, la pena por la pérdida de esos espacios en detrimentos de las prefabricadas salas de los centros comerciales, y todo ello empleando como vehículo impulsor de la historia una proyección navideña de Qué bello es vivir, una de mis películas favoritas de todos los tiempos que suelo ver una vez al año -en efecto, mañana toca- que consigue arrastrarme con su eufórico optimismo a un mar de lágrimas de dichosa felicidad con uno de los clímax más satisfactorios, homenajeados e influyentes de la historia del cine. Cuando uno dude de la generosidad innata del ser humano, de su capacidad de sacrificio por aquellos que ama y de su voluntad inquebrantable para superar las más duras adversidades, debería ver una vez más esta película y pensar que, caso de ser mentira, es una mentira maravillosa que en cuanto creída, pasaría a ser verdad... La verdad más bella... Y termino diciéndoles que manda narices que seis décadas después sigan siendo los Potters del mundo los que manejan los hilos y sacan provecho de situaciones de crisis como aquella del 29, como esta de principios de siglo... Que venga Clarence y arregle esto, porque si no...

La última proyección
Pedro de la Ossa Antón

Cuando llega la noticia del cierre definitivo del cine, no resulta una sorpresa para nadie. Las sesiones semanales sólo cuentan con una decena de espectadores diarios, y los estrenos no consiguen llenar ni la mitad del aforo. El cine Principal lleva abierto desde finales de los años cuarenta. Por su pantalla han pasado grandes actores y allí se han proyectado deslumbrantes fantasías, arriesgadas aventuras y pequeñas tragedias. Pero los tiempos cambian y el progreso no ha dejado hueco para un pequeño cine de barrio como el Principal, con su moqueta roja, sus cortinas de terciopelo y sus butacas de madera. Es más cómodo ir al centro comercial, que ha abierto sus puertas un par de años antes a las afueras del pueblo. Allí hay diez salas de cine nuevas, con sonido digital y butacas de plástico, que proyectan día tras día las grandes producciones del momento y reciben tanto a resignados cinéfilos que no tienen otro lugar al que acudir como a compradores aburridos que, pertrechados de palomitas, buscan otra forma más de pasar la tarde, hartos de ver tiendas. La competencia no ha tenido color, y el dueño del Principal, Venancio, no puede mantener más tiempo en marcha una empresa que termina cada mes en números rojos. Ha sido una aventura larga y hermosa la de esa pequeña empresa familiar que salía adelante con el mínimo personal y la máxima ilusión. En la taquilla estaba Elisa, siempre sonriente, mientras que Paco el acomodador, refunfuñando por los modales de la juventud, rompía las entradas con coraje y acompañaba a los clientes hasta sus butacas. Fuera atendía Mariló el puesto de chocolatinas, esperando a que la tarde se pasara en un suspiro. Por encima de todos ellos, en la cabina de proyección, Jesús reinaba en sus dominios de proyectores de cine y bobinas de celuloide y nitrato.


El tiempo ha pasado para todos ellos, y las arrugas han surcado sus rostros al mismo ritmo que el terciopelo de las cortinas se ajaba. Han permanecido en el Principal en todo momento, desde los difíciles años cincuenta, en que se veían obligados a proyectar las películas autorizadas y censuradas por el régimen, hasta los tiempos de bonanza de los años setenta, cuando los espectadores llenaban la sala semana tras semana, intentando soñar con otras formas de vivir y de ver el mundo. Pero ahora esos momentos han quedado atrás, y Mariló se sienta en una banqueta mientras su hija, ya cuarentona, sirve cartuchos de palomitas a los espectadores. Paquito, achacoso, se enfurruña cada vez que estrenan una nueva versión de una vieja película y murmulla, iluminado por los efectos especiales y las explosiones, que las buenas eran las de antes. Para Venancio está muy claro que el tiempo de las salas de barrio ya ha pasado, y empieza a pensar que se ha ganado un merecido descanso a sus ochenta y pico años. Hace números y decide que ha llegado el momento de programar la última sesión del Principal. En su despacho, rodeado de recuerdos de pasados estrenos, decide mantener abierta la sala un mes más, hasta navidad. Una idea extraña se ha abierto paso en su cabeza, la de que quizá antes de cerrar pueda ofrecer un último momento de magia cinematográfica a los que durante años han sido sus fieles clientes. Pero antes de hacerse ilusiones y crear expectativas tiene que hacer un par de llamadas.
A tres semanas de navidad aparecen carteles por toda la ciudad, con un breve texto. “El cine Principal cierra sus puertas con la proyección gratuita de ¡Qué bello es vivir! el día 22 de diciembre. Entrada limitada al aforo del local. Único pase a las ocho de la tarde”.

El día 20 de diciembre llega Óscar, un coleccionista catalán que conserva, como una de las joyas de su colección, una copia en perfecto estado de la película navideña por excelencia, dirigida por Frank Capra en 1946 y programada cientos de veces en televisión a lo largo de los años. Jesús observa los rollos con reverencia mientras los coloca en las bobinas de un viejo proyector, retirado unos años atrás para adaptarse a las nuevas copias con sonido digital. Abajo, en el patio de butacas, Mariló, Paquito, Óscar y Venancio esperan con ilusión a que empiece la proyección de prueba. Las primeras imágenes en blanco y negro inundan la pantalla, con un pueblo nevado y gente rezando para que su amigo, un tal George Bailey, reciba la ayuda que necesita y merece. La calidad de la imagen es perfecta, pero el sonido se debilita por momentos. Jesús revisa la película palmo a palmo, prueba otro rollo, inspecciona el proyector, y se le cae el alma a los pies. El aparato que lee la banda magnética con el sonido está a punto de quebrarse, y no hay modo de conseguir una pieza de repuesto en tan poco tiempo. Venancio se hunde en su butaca cuando Jesús baja con las malas noticias, Paco masculla que algo tenía que salir mal y Óscar se lamenta por la oportunidad perdida de poder disfrutar de un clásico como ese en pantalla grande. Pero Mariló sonríe desde la fila de atrás y les anima a proseguir pese a las dificultades. Lo que ha empezado como una celebración parece estar abocado al desastre, y ninguno de ellos duerme bien las dos noches que faltan hasta el día señalado, temiendo lo peor y contando únicamente con la fe en la providencia para asegurar el éxito del pase navideño.



El 22 de diciembre es un día de costumbres, como la del sorteo de navidad, que año tras año lleva la alegría por barrios y salud y trabajo para todos los que no han sido premiados, el reparto de cestas navideñas o las comidas de empresa en la que por unos momentos se desdibujan las diferencias entre empleados y empleadores. En la ciudad flota un ambiente eléctrico, de euforia contenida y de alegría anticipada, y la última sesión del Principal se ha contagiado de esa atmósfera especial. Paco, vestido con su mejor uniforme y con una inusual sonrisa iluminando su rostro, contempla la larga cola formada por gente de todas las edades que aguarda a que el Principal abra sus puertas por última vez. Mariló prepara unos canapés y unos vasitos de mistela para la concurrencia, mientras un periodista local entrevista a Venancio. Las puertas se abren y familias enteras entran ordenadamente en el cine, mirando a su alrededor con la tristeza del que va a despedir a un amigo. Aquí vimos tal o cual película. Aquí tuvimos nuestra primera cita. La de tardes de sábado que pasamos en esas butacas. Óscar saluda a la gente, un tanto nervioso, mientras comenta aquí y allá la deficiencia de sonido, rogando silencio, atención y sobre todo indulgencia para Venancio, que ha puesto toda su ilusión en el empeño de esa proyección navideña. Con orden y mucho respeto se ocupan las localidades, y un reducido grupo de espectadores que no tienen asiento se quedan de pie al fondo de la sala. Se apagan las luces y la fantasía navideña de Frank Capra ilumina con su glorioso y celestial blanco y negro los rostros de todos los presentes, que han visto la película varias veces en televisión pero que quieren convertir esa ocasión en algo especial. Todo transcurre con normalidad hasta la mitad de la película. En ese momento Jesús escucha un leve chasquido por encima del ruido que hace el proyector y entonces, nada. El silencio terrible y desolador que todos temían se apodera del patio de butacas. Unos leves murmullos surgen aquí y allá y unas toses de desconcierto amenazan con dar paso a la protesta mientras en la pantalla el bonachón de George Bailey suplica al malvado banquero Potter una prórroga para su préstamo.



Óscar no es consciente de lo que hace hasta que se ve a sí mismo de pie y acercándose a la pantalla, mientras con voz primero temblorosa, pero luego cada vez más firme, hace suyas las palabras de George y las reproduce intentando ajustarse a lo que recuerda. Antes de poder sentir vergüenza, Paco responde desde la entrada del pasillo, resignándose a prestar su voz al egoísta y mezquino banquero. Cuando aparece el olvidadizo tío Billy, es Venancio el que se levanta inspirado por no sabe qué o quién, e intenta hacer comprensible la película a los espectadores. Poco a poco más personas se suman a ellos, y así, Ana, hija de la difunta taquillera, asume el papel de Mary, sufrida esposa de George que lo sacrifica todo por el amor a su familia. Mariló interpreta con su ajada voz y su bondad natural a la madre de los Bailey. Tono, el repartidor, salta como un resorte cuando aparece Clarence, el ángel sin alas, para ayudar a George en su momento de máxima necesidad, recordando todas las veces que su abuelo y él vieron la película juntos. Incluso una niña de cinco años aporta su granito de arena, levantando murmullos de admiración y risas de asombro cuando repite en voz alta lo que su madre le susurra al oído. Hay muchas frases que sólo se parecen un poco a las de la película, y no hay música ni sonido, pero en mayor o menor medida hay trescientas personas que se sienten electrizadas, que forman parte por unos momentos de la magia, la generosidad y la alegría que vive la familia Bailey en la pantalla durante la noche más difícil de su vida. Para cuando George Bailey ha visto lo que hubiera sido la vida de su comunidad si él no hubiese nacido, y regresa al pueblo que conoce gritando eufórico a los cuatro vientos ¡¡Feliz Navidad!!, todos los espectadores están de pie, felicitándose unos a otros entre risas y abrazos y lágrimas de felicidad, y muchos se dirigen hacia donde Venancio, Óscar, Paco y Tono permanecen bajo la pantalla.



Se acerca el final de la película y la niña es alzada en brazos por su madre para decir la última frase y poner así el broche de oro a una inolvidable celebración de la magia del cine y de la fiesta de Navidad. Por unos segundos decenas de personas aguantan la respiración y contienen sus ganas de palmearse y de abrazar a sus vecinos, y todos clavan la mirada en una niña que alarga su brazo hacia la pantalla como queriendo entrar en la película y que dice con voz musical y cristalina: ¡¡Escucha papá, campanas, dicen que suenan campanas cuando un ángel consigue sus alas!! Y dicho esto, estalla una ovación que hace palidecer a todas las que a lo largo de los años acompañaron los más sonados estrenos. Mariló, Paco y Venancio, bajo la pantalla, se abrazan con Jesús, que ha bajado de su cabina para unirse a la celebración, mientras miran a su alrededor con asombro, admiración y pena, sabedores de que esas son las últimas risas, los últimos aplausos que se escucharán en el cine Principal.



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