
Nos ha dejado Glenn Ford con 90 años, señores, y hoy es uno de esos días tristes para el cine que invitan a ver alguna de sus muchas buenas películas a modo de homenaje.

Nos ha dejado Glenn Ford con 90 años, señores, y hoy es uno de esos días tristes para el cine que invitan a ver alguna de sus muchas buenas películas a modo de homenaje.


La historia es de sobra conocida. El 11-S cuatro aviones fueron secuestrados con el objetivo de estrellarlos contra objetivos estratégicos –por su valor como símbolo de la sociedad norteamericana- cuidadosamente seleccionados. Dos impactaron contra las torres norte y sur del World Trade Center, otro se estrelló contra el pentágono y el cuarto iba destinado hacia la Casa Blanca. El vuelo 93 de United Airlines, con origen en Newark y destino a San Francisco, contaba con siete tripulantes y 41 pasajeros, cuatro de los cuales se apoderaron del control del avión empleando cuchillos y algo que –al parecer- era una bomba casera falsa. En el transcurso del secuestro inicial los dos pilotos, una azafata y un pasajero fueron acuchillados hasta la muerte. Lo que sigue son conjeturas en base a las comunicaciones que los pasajeros pudieron entablar con el exterior, las transmisiones de la cabina y los registros de la caja negra. Por un lado, se supone que el objetivo del avión era Washington, y tanto podía ir dirigido contra el Capitolio que contra la Casa Blanca. Por otro, los pasajeros fueron comprendiendo la situación a medida que familiares o amigos les indicaban lo que había sucedido con los otros aviones. La hipótesis de un secuestro a la vieja usanza quedaba descartada ante la certeza de en el avión no había una bomba, sino que la aeronave misma era la mortífera arma que los secuestradores pretendían utilizar. A medio camino entre la desesperación por ver su final próximo, y la débil esperanza de frustrar los planes de los secuestradores a toda costa, un grupo de pasajeros (Todd Beamer, Tom Burnett, Jeremy Glick y otros) ayudados por las auxiliares de vuelo (C.C. Lyles y Sandra Bradshaw) lanzaron una ofensiva a la desesperada. El resultado final, desconocido, es que el avión impactó contra el suelo en los alrededores de Shanksville, Pensilvania, sin causar más víctimas que los tripulantes y los pasajeros.
Y aquí entra en juego el segundo plano narrativo de la película, el centrado en las sedes de los organismos de control del tráfico aéreo del país (tanto las autoridades civiles como las militares), así como de las secciones de controladores aéreos de Boston o New York. En la mayoría de los casos no se trata de actores, sino de auténticos funcionarios o controladores recreando el drama vivido en aquellas horas, y lo cierto es que no salen muy bien parados. Hablar de falta de previsión, de caos, de descoordinación entre los mandos aéreos civil y militar es poco. No se puede decir que esta sea una producción indulgente con el sistema.
La intensidad dramática del film se desarrolla plenamente en su tercio final, en el centrado en los sucesos que se desarrollaron dentro del angosto espacio de la cabina del avión. Tanto secuestradores como pasajeros aparecen retratados de forma muy humana, sin maniqueísmos. Los primeros dudan antes de iniciar el secuestro, se muestran temerosos de la superioridad numérica de los pasajeros o de que se les impida cumplir su misión con éxito. Los segundos, cuando asumen la cruel realidad de su probable destino inician el proceso doloroso de despedirse de los suyos, de desearles las cosas que todos desearíamos a los nuestros en caso de saber que no los volveríamos a ver. La mujer que indica a su hija la combinación de la caja fuerte donde guarda el testamento, el hombre que sólo ha podido contactar con un compañero de trabajo al que transmite su despedida para su familia o la mujer que presta su teléfono a su compañera de vuelo para que pueda hablar unas últimas palabras con los suyos, son momentos de una intensidad dramática muy potente en los que Greengrass apenas se detiene (como tampoco se detuvo al comienzo cuando uno de los secuestradores, en el aeropuerto, se despedía de su mujer con un lacónico te quiero). Y brutal resulta igualmente el momento en que unos y otros rezan a su dios pidiéndole su ayuda, unos entonando salmos del corán y los otros rezando el padrenuestro antes de la catártica explosión de violencia inútil que les llevará hasta el final. Una película muy seca, repito, sin alardes de pirotecnia pero plenamente satisfactoria como homenaje a los pasajeros y tripulantes del Vuelo 93.


(La mitad del Wild Bunch, compuesto por Brulekov, El "Abogado", Silent Diego, Plissken y Sniper Tony.)

Tiene gracia que el punto clave de la pequeña historia haya ocurrido una vez más este año en las dos grandes editoriales (en DC con Infinity Crisis, en Marvel con House of M). En una de esas crisis cósmicas tan habituales en el mundo de los superhéroes, en las que se crea un universo alternativo para luego volver al de siempre (House of M, Age of Apocalipsis) o bien se reescribe la realidad (Crisis, Hora Zero), de vez en cuando suceden “fallos de continuidad”. Pequeñas alteraciones a nivel particular que alteran la vida de un único individuo, aunque en este caso sea de una forma tan dramática como la que afecta al protagonista de Cerca de ti. Perfecto ejemplo de las premisas de Astro City como colección y de las intenciones de Kurt Busiek y Brent Anderson, somos testigos de cómo afecta al hombre de la calle la actividad de los seres superhumanos, y más concretamente, en este caso, las grandes sagas cósmico-mágico-épicas que tan a menudo tenemos la oportunidad de leer.
Exquisitamente dibujada por Anderson logra que la historia de Michael Tenicek de mucha pena, que Miranda sea una mujer hermosa de verdad, y que entendamos toda la historia tanto en su grandeza épica como en su trágica y melancólica resolución. Para mí, una obrita maestra, así, en pequeñito.
Pero esto se lo diré al bueno de Brent la próxima vez que tenga la amabilidad de visitar nuestro país, claro está.