
La película Death Race es el remake puesto al día de un clásico menor del año 75, La carrera de la muerte del año 2000, producida por Roger Corman y dirigida por Paul Bartel. Con un reparto capitaneado por David Carradine que incluía a un pipiolo Sylvester Stallone encontramos muchos de los elementos aquí reproducidos: crisis económica mundial, estado policial con modos fascistoides, espectáculos narcotizantes para mantener a las masas adocenadas y violencia a raudales. Hay que reconocer que el sistema de bonus que incluía el original es algo que de puro gamberro y políticamente incorrecto resulta memorable y ha contribuido no poco al status de film de culto del que goza la película: los atropellos de peatones daban puntos extra a los pilotos, siendo las adolescentes (con 40 puntos) y los ancianos (100) las víctimas más apetecibles para los pilotos y demandadas por la audiencia. Estamos en una época que vuelve a verle las orejas al lobo de la crisis económica mundial y es lógico que el cine, incluso el de simple evasión, refleje una realidad cada vez más preocupante, pero ciertamente se ha perdido gran parte de la incorrección y el salvajismo de las andanzas del Frankenstein encarnado por Carradine con su carisma habitual así como gran parte de una subtrama política más elaborada que la presenteda por La carrera de la muerte versión 2008.


Por las parrafadas anteriores, creo que ya habrán deducido que pasé un buen rato viendo Death Race, y no se equivocarán en absoluto. La película está plagada de tíos duros con actitud, bastardos desatados, coches rápidos y metralletas de alto calibre, chicas guapas y duras con actitud, acción en su justa medida y una cierta dosis de crítica social bastante conveniente hoy día con el mercadeo de los medios de comunicación puesto en la picota (esas cuñas comerciales anunciando las "ventajas" de la carrera y enumerando las bajas en su correspondiente marcador con repetición de las mejores muertes a cámara lenta son impagables) y reflejando la cruda realidad de una sociedad cuya industria va muriendo lentamente y deja en la estacada a decenas de obreros que ni siquiera reciben una compesación justa. Esos breves apuntes, junto a unas cuantas -bastantes- incorrecciones políticas que salpican el metraje convierten a esta película en digna heredera en espíritu de las producciones más bestias de los años 70 y en forma del cine de serie B más carpenteriano (aunque pasado por el tamiz de Michael Bay en la sala de montaje). Cuando se editen ambas en formato doméstico, se impondrá un programa doble junto con Doomsday. Por mis...











































