sábado, enero 05, 2013

La ciudad vestida de negro: Pesadillas urbanas para lectores cosmopolitas

¿Quién no se ha encontrado perdido en mitad de la noche en una gran ciudad, la suya o cualquier otra, y mientras vagabundeaba cada vez con menos esperanza de alcanzar el rumbo correcto comenzaba a imaginar los mil y un horrores que podrían acechar tras cada esquina o puerta cerrada? ¿O quién no se ha cruzado a lo largo de los cientos de horas en que nos encontramos pateando las calles de nuestras ciudades con encuentros fortuitos con la desgracia, la miseria, o directamente lo extraño e irracional? En el fondo del corazón de aquellos que amamos el entorno urbano y nos sentimos fuera de lugar en cualquier sitio con más vegetación que cemento y menos población que cantidad de oxígeno puro por centímetro cúbico de aire, se esconde una certeza absoluta, y es la de que ese amor se puede convertir en odio o desengaño en un abrir o cerrar de ojos. La soledad inherente a la vida en las grandes ciudades, la miseria moral escondida en los corazones de sus habitantes, las mil y una historia de necesidades insatisfechas y anhelos oscuros que alimentan sus ciudadanos, ya sean los del arrabal más lejano o los del vecino de la puerta de al lado, amenazan en cualquier momento por convertirse en los catalizadores de aterradores dramas que nos golpeen en nuestras confortables existencias y hagan saltar por los aires la comodidad y la rutina de nuestras cosmopolitas vidas.


El escritor y periodista David G. Panadero, especialista en cine y autor de certeras reflexiones sobre el fantastique actual con una meritoria vocación por el género negro ha rebuscado entre la producción literaria breve de veinte escritores españoles y ha logrado reunir para la antología La ciudad vestida de negro veinte trallazos sobre el papel dirigidos al plexo solar del lector que seguramente disfrutará de la lectura con un gesto incómodo en el rostro mientras mira por encima del hombro a sus acompañantes de vagón de metro o a sus vecinos de rellano. Con una ambientación en la mayoría de los casos negra, muchas veces opresiva, dejando espacio para el humor negro o el cinismo que impidan la asfixia total, se esconde en el fondo de alguna de estas historias cortas un hálito de pesadilla que va colándose en el mundo real por los intersticios más insospechados y banales -un falso perfil de facebook, un fortuito accidente de bicicleta, un cruce casual- y plantean situaciones que podrían poner en jaque la cordura del más pintado. Como suele suceder en las antologías de estas características, no todos los relatos tienen el mismo nivel, ni dejan la misma sensación en el lector, pero es cierto que todos mantienen un nivel de calidad literaria que contribuye a su legibilidad y a escuchar las voces de gente tan diversa como un oficinista separado, un periodista en apuros o un padre desesperado en busca de venganza.


Sin citar el nombre de cada relato, por no hacer farragoso el repaso somero a aquellos cuentos que más he disfrutado, pero sí citando al autor de cada uno de ellos, déjenme que les de un breve apunto de algunas de las pesadillas que podrán encontrar en La ciudad vestida de negro. Andreu Martín dirige una carta desesperada solicitando comprensión y piedad a un capo de la mafia turca que ha "malinterpretado" no pocas situaciones, la mayoría de ellas propiciadas por una pantera de melena rubia y gustos caros. Manuel Nonídez acompaña a un padre en la búsqueda paciente, planificada e inflexible de venganza sobre el asesino de su hijita, cuya resolución distará mucho de sus expectativas. Juan Madrid nos pasea por los callejones de Madrid en un retrato de perdedores, pringados, supervivientes y traidores, que además se parece a algo que tenía en mente desde hace años -algo que habría llamado La condición del perdedor y que, demonios, es casi idéntico a esto salvo en la resolución-. Con Carlos Aguilar de nuevo nos encontramos con la venganza, con el crimen contra un niño, con el asesino vocacional que busca dotar de estilo y escenografía a la consumación de la revancha moral contra el criminal. Estebán Gutiérrez inaugura el tema de los cruces fortuitos, el de los pasajeros cotidianos que diariamente establecen una suerte de conexión fugaz y como lo insólito, lo perturbados puede alterar algo tan común como un viaje en metro. David Roas, que encabeza su relato con una cita de mis adorados Pixies, plantea una de las pesadillas más comunes para los viajeros, la de encontrarse perdido en la noche de una capital extranjera y caer cada vez más en una espiral de solitaria nocturnidad urbanita de la que poco a poco parecerá imposible escapar.


Fernando Cámara plantea de forma inexorable -adjetivo que se podría aplicar a todos los relatos en mayor o menor medida pero que aparecerá únicamente en este relato y en otro posterior, dos de mis favoritos junto con el anterior- el descenso a los infiernos de una familia que sufre un fortuito accidente a la salida del colegio. Agobiante, mezclando el horror psicológico con el drama familiar y la investigación detectivesca, daremos un paseo por el carril bici directos al infierno. David Jasso vuelve a los encuentros fortuitos, a los extraños en la noche. Una prostituta, un oficinista y un aspirante a pandillero cruzarán sus caminos en una noche de la que ya no escaparán jamás y que ejemplifica de manera perfecta lo fácil que es tirar la vida ajena y la propia por la borda cuando las circunstancias escapan a nuestro control. No sé si de forma consciente por parte del antólogo o de los propios escritores, pero hay una coincidencia que podría conectar ambos cuentos, con la presencia de un ciclista en bici amarilla que tienen la rodilla pelada. Anita Haas nos da una de cal y una de arena. Por un lado plantea el retrato minucioso de la descomposición de una pareja y los coqueteos con la locura y la paranoia de una escritora que juega a crear una identidad falsa en facebook que poco a poco se va tornando aterradoramente real. Acertado retrato de la deshumanización impersonal de las relaciones sociales en los tiempos digitales, en su recta final no se decide a ofrecer una explicación satisfactoria, que queda a la imaginación del lector.


Santiago Eximeno retrata otro breve cruce de caminos entre un oficinista y un anciano. En medio de la soledad y desgracias propias, entablan una breve conversación y un mínimo acercamiento cortés. Dos manzanas después lo que el lector ha estado temiendo de forma ambigua se va materializando de manera inexorable sobre el papel, dejando un poso de terror y angustia sobre la situación narrada y sobre todo, sobre la reacción del protagonista, acaso la única posible para mantener la cordura. No se puede decir más con menos. Francis P. Hernández nos sumerge en la paranoia y la incertidumbre de un trabajador acosado y perseguido por no se sabe quién o qué, pero con la certeza que el departamento de RR.HH. sabe más de lo que debería sobre todo lo que le está  sucediendo. Real como la vida misma.  Javier Quevedo Puchal inicia su relato con otra de las mujeres fatales de la antología, que conduce a la ruina y al odio a su antaño adorado mantenedor, que de forma fortuita emprende una peculiar búsqueda de venganza y de oro que le llevará por territorios extraños.


 Personalmente soy un tipo profundamente urbanita, ya se lo he comentado al principio de la reseña. Me encanta callejear, andar con nocturnidad y alevosía por calles vacías sumidas en la penumbra y el silencio. Y es por ello que ese constante pateo con el paso de los años me ha hecho cruzarme en ocasiones con situaciones dramáticas o extrañas, como el anciano al que mi abuelo y un servidor impedimos tirarse por el puente,  cuando ya levantaba una pierna para saltar, o ese otro anciano con el que me crucé en otro puente años después, y tras mirarle a los ojos me pareció observar un extraño gesto de desesperación y determinación, sólo para constatar a los pocos minutos, que alguien acababa de saltar... Y siempre sospeché que se trataba del hombre con el que acababa de cruzarme. Y otro cruce,  nocturno y solitario. Un muchacho rechoncho que va al centro a tomar unas copas y un tipo vestido con ropajes militares de camuflaje, gesto adusto y un saco en el que se  movía algo y del que escapaba una ordalía de maullidos quejicosos y lastimeros. Como decía la Orquesta Mondragón en tiempos, la ciudad junta a dios y al diablo, al funcionario y al travestí, la ciudad donde vivo es un niño limpiando un fusil, [...] es el templo del bien y del mal. Mucho de lo negativo encontrarán en La ciudad vestida de negro, pero nunca está de más ir preparado por lo que pueda cruzarse con nosotros en el metro, el bus, o el rellano de nuestra propia escalera.

8 comentarios:

Revista Prótesis dijo...

Muchas gracias por esta macro-reseña, Serpiente!

Inmediatamente la comparto con mis compañeros de la antología; estoy seguro de que les va a gustar tanto como a mí.

Un fuerte abrazo!
David G. Panadero

Plissken dijo...

Muchas gracias a usted, caballero, por su excelente labor como antólogo y por dar difusión a una reseña escrita después de disfrutar -o sufrir en el buen sentido de la palabra- de esos trozos sobre el papel de la parte más oscura de nuestras urbes. Espero seguir disfrutando y leyendo próximos proyectos! Un saludo!!

Fernando Cámara dijo...

Plissken el Serpiente, gracias por la reseña y las apreciaciones tan favorables. Me obligarás a escribir más relatos. Un abrazón.

Plissken dijo...

Perdone por el retraso, caballero, pero he tenido una semana que parecía sacada de uno de los relatos de la antología. No dude que si los escribe, encontrará lectores ávidos de sumergirse en espirales de horror cotidiano y obsesiones absorbentes como las propuestas en La bicicleta amarilla. Por cierto, una duda que me surgió leyendo el siguiente relato del libro, El reto de matar. El protagonista de ese relato, en un momento dado, se cruza con un ciclista montado en una bicicleta de color amarillo y con una herida en una de sus rodillas. ¿Es una simple, pero no poco inquietante, coincidencia, o se trata de una conexión real entre su relato y el de David Jasso? Un saludo muy grande y a seguir al pie del teclado, Fernando!!!

Santiago Eximeno dijo...

Sin duda es una conexión de David Jasso. También hay otra con Certeza, el pueblo en el que tiene lugar "Cazador de Mentiras", la novela que escribimos David y yo a cuatro manos.

Ah, y muchísimas gracias por tus palabras sobre mi relato. Estas cosas son las que animan a seguir en esto.

Yo hablaré de la antología en mi blog el viernes, pero ya adelanto una cosa: el relato de Fernando Cámara es una obra maestra.

Fernando Cámara dijo...

¡Vaya! ¡Y me lo dice el autor de "Bebés jugando con cuchillos"! Bueno, pues me voy a limpiar la babita un rato.

caotico_jq dijo...

Gracias por la crítica a la antología en general y, en particular, a mi relato.

Un abrazo.

Javier Quevedo Puchal.

Plissken dijo...

Santiago, espero a leer su reseña, que seguro contendrá más elementos de interés para apreciar en su justa medida un relato que deja al lector, o al menos en mi caso lo hizo, con una cierta sensación de incomodidad ante la incertidumbre de nuestra vida diaria.

Javier, de nuevo, gracias a ustedes, los escritores que han arrancado pedazos de ciudad y nos los han arrojado a donde más duelen, a la hoja en blanco, a los ojos doloridos de tanta miseria humana y detrito postindustrial... El suyo sería el relato con un giro más evidente a lo fantástico-terrorífico, con una ambientación muy conseguida en su tramo final, claustrofóbica y de final seco y contundente. Me hubiese gustado extenderme mucho más con la reseña y cada uno de los relatos, pero esto del amateurismo es lo que tiene, que uno tiene que sacar ratos de donde no los tiene para dedicarse a su verdadera afición y no siempre lo consigue.

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