domingo, diciembre 28, 2008

Aquellos maravillosos años: Gremlins, los duendecillos que trajo la navidad:

Randy Peltzer (Hoyt Axton), estrafalario inventor de cachivaches de dudosa eficacia y cortísima vida que intenta colocar a diestro y siniestro, pasea en una noche brumosa por las atestadas calles de Chinatown, en busca de un regalo inusual que sorprenda a su hijo por Navidad. De la mano de un muchacho un tanto espabilado llega a una tienda repleta de antigüedades y curiosidades chinas regentada por un anciano. Allí le sorprenden los dulces cantos de una criatura, de nombre Gizmo y perteneciente a una especie conocida como mogwai. Peltzer intenta comprar a Gizmo ante las reticencias del anciano, que se niega en redondo a venderlo, pero el muchacho finalmente cerrará el trato a espaldas de su abuelo y entregará al adorable animal no sin antes revelar las tres reglas de oro que deben seguirse con los mogwai: nunca deben mojarse, nunca, nunca, les debe dar la luz del sol y bajo ninguna circunstancia deben comer después de medianoche. Con Randy Peltzer perdido de nuevo en la bruma, esta vez con Gizmo bajo el brazo, ya nos hacemos una idea de que vamos a vivir una navidad inusual, divertida y aterradora.

La pequeña localidad de Kingston Falls se prepara para una blanca navidad, aunque el peso de la recesión económica y del desempleo se ha cebado en muchos de sus vecinos. Billy Peltzer (Zach Galligan) lo ve todos los días en su casa, en la que su madre Lynn (Frances Lee McCain) hace milagros para llegar a fin de mes con las pocas ventas de los inventos Peltzer -un cenicero absorbe humos que parece una bomba de gas lacrimógeno, por ejemplo-, o en casa de sus vecinos, los Futterman, Sheila (Jackie Joseph) y Murray (Dick Miller, actor fetiche del director) pero más todavía en el banco en el que trabaja. Junto a él trabaja la adorable, amable, comprensiva Kate Beringer (Phoebe Cates) que además está pluriempleada en el bar local para poder sacar adelante a su familia. Por la mañana Billy y Kate ven como los más ricos del pueblo avasallan a los humildes y necesitados desempleados, cada vez más en el pequeño pueblo, y por la noche comprueban el desánimo y el pesimismo que aboca a muchos de ellos a la bebida.

Pero es navidad, la familia se reúne y los regalos se entregan, y así Billy abre un cofre en el que se encuentra el peluche vivo más adorable de la historia del cine, un menudo ser con ojos y orejas enormes y piel aterciopelada que canta como los ángeles y sabe pronunciar unas pocas palabras. La familia Peltzer está completamente enamorada de Gizmo, igual que Kate o que Pete (Corey Feldman), joven amigo de Billy con el que comparte la afición por los comics o las películas de terror.


Pero la mierda ocurre, y así un desafortunado accidente provoca que unas gotas de agua salpiquen la espalda de Gizmo y de ella surjan cinco pelotitas de ping pong peludas de las que nacerán otros tantos mogwai, tan parecidos en lo físico y tan diferentes en su comportamiento. Con un líder destacado, Spike (y su distintiva cresta blanca), estos bichos son cafres, gamberros y se dedican a hacer la vida de Gizmo imposible, además de no mostrar ningún respeto hacia los Peltzer. Es cuestiçon de tiempo que engañen a Billy desconectando el despertador y que unas sobras de pollo comidas después de medianoche desencadenen la tragedia...


Los cinco mogwai díscolos, tras su cena tardía, se encierran en unos capullos babosos y de aspecto verdoso de los que emergerán convertidos en unos bichos repugnantes, violentos y con tendencia a trastear con cualquier máquina o aparato eléctrico que se les ponga a tiro. Lynn Peltzer se las verá a solas con ellos y acabará con varios empleando los electrodomésticos de la cocina -haciendo batido de gremlin o asado de gremlin-. Spike aprovechará para huir y darse un bañito en una piscina. Si una gota genera un mogwai, una piscina generará cientos de traviesos gremlins que camparán por Kingston Falls a sus anchas provocando accidentes y desastres allá por donde pasen. Los cadáveres se amontonan, el caos se apodera de la ciudad y los gremlins van al bar a tomar unas copas y echar unas partiditas de cartas. Billy acude al rescate de Kate acompañado de Gizmo y en una extraña pausa dentro de la tempestad se revelan sentimientos y se cuentan traumas pasados. Entre tanta irrealidad y fantasía, dos actores y un peluche logran que la magia del cine y de la navidad vayan todavía más de la mano.


Pero los gremlins todavía quieren darse un último homenaje navideño antes de que acabe el día, y así acuden en masa a ver Blancanieves y los siete enanitos a un cine local, abarrotado de bestiecillas traviesas y destrozonas que en cuanto comienza la proyección se quedan embobadas ante las imágenes animadas. Cuando Kate, Billy y Gizmo llegan al cine no pueden creer lo que están viendo. Cientos de gremlins cantan al alimón el aihó aihó, a casa a descansar como si fueran niños. Eso no evita que Billy intente evitar a toda costa mayores males volando el cine por los aires ni que un Stripe con suerte haya sobrevivido a la explosión y huya en busca de agua con la que conseguir más hermanitos. En un centro comercial se librará la definitiva y última batalla que acabará con Stripe y que devolverá la paz a un devastado pueblo de Kingston Falls. Finalmente, Mr. Wing (Keye Luke) aparecerá para recuperar a Gizmo y devolverle a su verdadero hogar. Si a alguien no se le hace un nudo en la garganta tras escuchar ese Adios, Billy es que definitivamente ni tiene sentimientos ni los quiere tener.


Hasta aquí la película. Hincarle el diente a todo lo que se podría decir de la misma es verdaderamente complicado, asi que empezaremos por los impulsores del proyecto. Produciendo esta maravilla del cine de entretenimiento para todos los públicos encontramos a Steven Spielberg, el cual si no tuviese bastante con sus propias películas amparó en los años 80 a varios cineastas que ofrecieron verdaderos hitos del cine palomitero: Los goonies, Regreso al futuro, El secreto de la pirámide... En segundo lugar está el guionista de la película Chris Columbus, que con los años sería director pero que por aquel entonces firmó los guiones de dos de las tres películas anteriormente mencionadas y cuyo libreto original era mucho más aterrador y violento que el finalmente rodado. El planteamiento original incluía violencia mucho más gráfica, la decapitación de Lynn Peltzer, la muerte de forma grotesca de algún que otro secundario y el asalto por parte de los gremlins de un McDonald's en el que abrían dejado las hamburguesas intactas... ¡pero habrían devorado a todos los clientes! Además, Gizmo habría sido el villano de la función convirtiéndose él mismo en Spike, algo que podría resultar confuso para las audiencias más infantiles pero que habría permitido una serie de lecturas más que interesantes sobre el mal que todos llevamos dentro y sobre los factores que nos transforman. A pesar de los cambios de guión, la película ofrece los suficientes momentos violentos, grotescos y aterradores como para que se creara una nueva calificación específica que reconocia que entre las películas toleradas (PG) y las de adultos (R) se abría un campo demasiado amplio que se cubrió con el para mayores de 13 años (PG-13).


Al frente de este equipo de ensueño estaba Joe Dante, joven director que había mamado cine y frikerío desde su infancia colaborando con publicaciones especializadas (entre ellas Famous Monsters of Filmland) y que había dado sus primeros pasos en el cine de la mano de Roger Corman, aprendiendo a exprimir el presupuesto y a utilizar dosis elevadas de imaginación y de mala baba. Si a todos estos antecedentes sumamos su devoción por los cartoon clásicos de los años 40 y 50, entendemos a la perfección que un friki como Joe Dante acabase haciendo la clase de cine que tanto hemos disfrutado con los años. Tanto en Piraña (1978) como en Aullidos (1981) Dante crea películas de género, con dosis elevadas de violencia y manejando unos tópicos y unas convenciones con la suficiente poca vergüenza y convicción como para convertir una exploit de Tiburón en una genuina denuncia contra los vertidos incontrolados y la construcción en parajes naturales o como para darle la vuelta al concepto moderno de licántropo con elevadas dosis de sexo, sordidez y mala leche hacia los medios de comunicación. No es de extrañar que alguien tan implicado con el fantástico y con unas raíces en la cultura popular más clásica resultara del agrado de Spielberg para dirigir una película como Gremlins.


La cantidad de cameos y referencias friki son tan extenuantes que sólo voy a apuntar unas cuantas. Los homenajes a Spielberg son diversos, comenzando por un cameo del director en la convención de inventores a la que acude Randall Peltzer, siguiendo por las coñas que Stripe dedica a ET (contestando Telefono, casa, caca y camuflándose entre peluches... del mismo ET) y terminando con ese cartel gigante con un locutor radiofónico disfrazado de Indiana Jones. Los Futterman aparecen teletransportados del reparto de La pequeña tienda de los horrores, hay un gasolinero que luchó contra El enigma de otro mundo, y uno de los clientes del bar al que Billy enseña uno de sus dibujos es el maestro de la animación Chuck Jones. ¿Quieren más? En la convención de inventores vemos a Robby el robot remedando sus diálogos en Planeta Prohibido y una máquina del tiempo desaparece entre plano y plano dejando una estela de humo. Dante es un friki, uno de los nuestros, y lo demuestra en cada plano.


Pero estas son cosas que un adulto aprecia, conoce y disfruta. La película se estrenó entre nosotros en verano de 1984, con lo que un servidor tenía diez años. Recuerdo que fue un bombazo, porque cuando mi abuelo me llevó al cine -como tantas veces hizo en aquellos años, creando película a película y sin darse cuenta al monstruo cinéfago en el que me he convertido- las colas eran kilométricas, y uno veía algo que hoy ya no es tan usual, que ir al cine era algo especial, y que uno acudía ex profeso a un lugar en compañía de familia y amigos para ver una película concreta, no para entrar a la sala cuyo pase venga mejor entre sesión de compras y cena en restaurante de comida rápida. En una sala atestada de un cine que hoy día es un Zara -¿alguien dijo signo de los tiempos?- me vi inmerson en una historia que no puedo menos que recordar como especial, como magia en estado puro. Que una marioneta con cuatro movimientos faciales nos robara el corazón a fuerza de imaginación y de convicción es algo que hoy muy pocas películas consiguen con un batallón de animadores digitales a sus espaldas. Que un puñado de actores transmitan de forma tan genuina alegría por las fiestas navideñas, ternura por una mascota, tristeza e incertidumbre por su situación económica, terror ante unos monstruillos movidos como si fueran marionetas es casi un milagro hoy día en este tipo de cine creado para que toda la familia lo disfrute.


Y ya voy terminando esta diatriba que como siempre me devuelve a hace mucho tiempo y me hace recordar tiempos en que todo era nuevo, todo era una primera vez llena de fantasía y de magia. Lo he dicho muchas veces, pero estas películas son el equivalente a nuestra generación de la magdalena proustiana, son el recuerdo que nos transporta a otro tiempo en que éramos niños sin la carga de preocupaciones o de obligaciones que la vida adulta nos ha echado encima con el paso de los años. Y a la vez, entre tanta fantasía, estos señores nos metían unos cuantos goles hablando de temas adultos que hoy nos resultan familiares pero que entonces sólo resultaban convincentes si la actuación y el guión estaban a la altura. La tristeza de Murray Futterman ante la pérdida de su empleo y de la identidad propia frente a los productos llegados del extranjero, la sólida fortaleza del nucleo familiar de los Peltzer ante la adversidad real (economía familiar precaria, recesión en el pueblo) como fantástica (la familia que mata gremlins unida permanece unida), la defensa de las tradiciones ancestrales frente al poder futil y peligroso del dinero y del mercantilismo (en un momento dado Randall Peltzer se plantea comercializar a los mogwai como mascota), la perversión del mito del gremlin como causante de las averías de artefactos mecánicos de todo tipo y la deformación del cartoon clásico en un peligroso, mortal y psicótico monstruo son cosas que hoy podemos disfrutar más que hace 20 años. Pero, ah, señores, volver a desear con todas nuestras fuerzas ser amigos de Gizmo o enamorarnos como colegiales de Phoebe Cates son cosas que sólo se pueden hacer una vez en la vida, cuando teníamos diez años.

12 comentarios:

Ternin dijo...

Peli que hay que ver todas y cada una de las Navidades.

Phoebe Cates... Como desmejoró la pobre

Bruce dijo...

Es como un 'Qué bello es vivir' de pesadilla... propongo una doble sesión navideña con estas 2 pelis

Adri dijo...

Que tienes más peligro que un Gemmlin en un microondas... :-P

Alberto Díaz dijo...

A sus pies, mr. Plissken.

Plissken dijo...

Ternin, ya lo creo, clásico navideño gamberro. Para mí la chica nunca desmejoró, es más, en algunas fotos de finales de los noventa aparece guapísima, eso sí, siempre acompañada de su maridito, Kevin Kline, por el que abandonó su carrera actoral. Y ya no se si perdimos mucho o si más se perdió en Cuba ;D

Plissken dijo...

Bruce, en la contraposición de los extremos estaría la belleza de la verdad. ¡Yo me apunto! Aunque reconozco que es la película de Capra la que no suele faltar en ninguna navidad :D

Plissken dijo...

Adri, a ver qué tal este: que tienes más peligro que un gremlin cantando bajo la lluvia... ¡No! ¡Por favor, no me apedreen más! Nojsfjk...

Plissken dijo...

Alberto, si al final me voy a sonrojar. ¡Un abrazo, caballero!

Pablo dijo...

Y encima la echan esta noche en la 2, para despedir el año con buen pie! Una auténtica joya o qué viejos estamos ¡Feliz año nuevo a todos los que pasean por este blog!

Plissken dijo...

Pablo, curiosa coincidencia. Aproveché para ver un par de escenas, curiosamente con Dick Miller y ese personaje tan tristón y entrañable que compone, el señor Futterman. Yo creo que se trata un poco de las dos cosas, la peli es una joyita que rebosa amor por el cine fantástico e ideas cafres y nosotros nos vamos haciendo cada vez más viej... mayores. ¡Feliz año, Pablo, un abrazo desde Elche!

PAblo dijo...

Una pelicula maravillosa que además aguanta estupendamente el paso del tiempo. La vi en el cine en su estreno siendo peque y me encantó y posteriormente la he vuelto a ver siempre que he podido.

Mi secuencia favorita es la de los gremlins haciendo el cafre en la sala de cine y no sólo hay referencias al cine fantástico también a clásicos como "El Mago de Oz" y "Casablanca".

Impacientes Saludos.

Plissken dijo...

Caballero, tiene usted toda la razón, y es que Dante es un cinéfilo, con su corazoncito friki, pero cinéfilo, y se permite todos esos homenajes realizados por duendecillos gamberros sin despeinarse. Una pena que ahora que estamos en edad de acompañar a sobrinos o -glups- hijos al cine el nivel de las producciones familiares haya descendido escandalosamente. Pienso en La brújula dorada y me entran los sudores. ¡Un saludo, PAblo!

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