jueves, agosto 20, 2009

Muertos como yo. La película: Vida -o algo parecido- después de la Muerte

Cuando una persona está en trance de morir, su alma va a experimentar una agonía indescriptible y una desorientación absoluta que dificultará su tránsito hacia la Otra Vida, un camino señalado por luces. Para facilitar el tránsito de esas almas en pena hay un cuerpo de funcionarios celestiales conocidos como los Aparecidos, seres que, aunque muertos, permanecen en la Tierra para cumplir su cometido por décadas o siglos, hasta que a ellos mismos les llegue el turno de seguir su luz y abandonar su rutinaria y peculiar vida. Una de esas aparecidas es Georgia 'George' Lass (Ellen Muth), y su vida está a punto de cambiar al aroma de unos gofres quemados.


El grupo de aparecidos al que pertenece Georgia está encargado de rescatar las almas de aquellos que sufren muertes violentas, ya sean accidentes provocados por los malignos duendecillos conocidos como gravellings, suicidios o asesinatos. Es un campo ciertamente ingrato y que puede dar pie a situaciones chocantes que deben manejar con sumo cuidado. Junto a Georgia encontramos a Mason -Callum Blue- (un capullo ególatra que se taladró la cabeza en los 60 mientras iba flipado de modales algo bruscos pero gran fondo), Roxie -Jasmine Guy- (una policía de muy malas pulgas pero extremada experiencia y eficacia en su labor) y Daisy -Sarah Wynter- (actriz de reparto que realizaba sus castings de rodillas en los años 30, que llegó a chupársela a Errol Flinn y cuyo mayor logró artístico fue morir en el set de rodaje de Lo que el viento se llevó). Todos ellos acuden cada mañana a la Casa del Gofre para desayunar junto a Rube (Mandy Patinkin), su supervisor, y recibir las labores del día. Lamentablemente para ellos, cuando la Casa del Gofre amanece quemada, todo cambia para siempre.


Recogidos por una lujosa limusina y conducidos hasta un restaurante de lujo, Georgia y compañía conocen al petulante Cameron Kane (Henry Ian Cusick), un broker que saltó desde una de las Torres Gemelas el 11 S y que ha sustituido a un Rube que ha recibido sus luces sin avisar a su grupo. Tras el desconcierto inicial y la desconfianza natural hacia su nuevo supervisor, los Aparecidos entran de lleno en el siglo XXI, recibiendo móviles de última generación para obtener sus objetivos, sustituyendo a los tradicionales postits de Rube. Las reticencias parecen cobrar cuerpo cuando las indicaciones de Cameron comienzan a convertirse en ineficaces, y su labor de líder y consejero resulta algo errática y relajada. Hay algo podrido en la entrevida, y será Georgia Lass la encargada de solucionar un entuerto que puede provocar millones de muertes.


La serie Muertos como yo constó de dos temporadas en las que se planteaba un escenario rico y lleno de posibilidades que, lamentablemente, quedó en el limbo por culpa de la cancelación de la serie, a la que no se le dio un final satisfactorio, sino un simple punto y seguido. Hace unos años dejaba una breve reseña de la misma, y el año pasado recuperé en El baúl... esa critiquilla, avanzando la realizando de esta película distribuida directamente al mercado doméstico en la que se trataba de cerrar alguno de los cabos sueltos dejados en la serie. La película cuenta con el guión de Stephen Godchaux y de John Masius (productor de la serie original y guionista de algunos de sus capítulos respectivamente), y se nota el conocimiento del background previo en cuanto a personajes, tics y situaciones. Prácticamente todos los personajes principales y secundarios de la serie hacen acto de presencia, salvo el desaparecido Rube y una Daisy encarnada por otra actriz debido a compromisos de mi adorada Laura Harris.


Se mantiene la estructura canónica de los episodios de la serie: desayuno, encargos, búsqueda de las víctimas, luces, problemas personales de los Aparecidos en el ámbito laboral -Happy Time- y familiar -en este caso la madre y la hermana menor de Georgia, interpretadas por Cynthia Stevenson y Britt McKillip retomando sus papeles seis años después-. Nos encontramos más que con un producto con ánimo de explotar una franquicia, con una pequeña película rodada por una panda de amigos y dirigida a un fiel y relativamente escaso grupo de espectadores devotos que demandaban la continuación de las aventuras de Georgia y los Aparecidos y que querían volver a compartir los pensamientos sobre la vida y la muerte, lo divino y lo humano, de la insegura Georgia Lass y sus particulares andanzas. El encargado de dirigir la producción es el veterano Stephen Herek, un tipo curioso que empezó en la serie B (Critters), se pasó a la serie A familiar (Los tres mosqueteros), intentó el cine personal (Profesor Holland), sucumbió a producciones infantiles (101 dálmatas) y acabó convirtiéndose en un director competente pero sin personalidad capaz de filmar Rock Star o El joven McGyver sin torcer el gesto. Resulta de agradecer que haya mantenido el tono y el estilo de Muertos como yo, acelerando la imagen o congelándola para acentuar el efecto dramático de las reflexiones de Georgia.


Precisamente el mayor defecto que arrastra Muertos como yo. La película es su carácter de epílogo de la serie. Pese a contar con un prólogo narrado en forma de comic que pone al espectador más o menos al día, son tantas las referencias a la serie y los secundarios empleados de manera recurrente que en alguna ocasión hasta servidor se vio sorprendido. Tenemos de vuelta a Crysta, Dolores y sus gatos en la oficina de Happy Time, las vivencias agridulces de Joy y Reggie Lass, las cuales seis años después de la muerte de su hija y hermana siguen sufriendo en silencio y no siempre compartiendo ese dolor, los tics arrogantes de Mason o los devaneos de una Daisy Adair siempre más inocente y frágil de lo que sus actos frívolos sugieren. Hasta los Aparecidos infantiles regresan haciendo su trabajo en una bonita escena. Lo malo es que cerrar todas esas historias personales deja de lado la labor de pastores de almas que ejercían en la serie, y el trabajo de Aparecido es apenas una anécdota en el film, que eso sí, ofrece un par de emotivos momentos cuando los fallecidos ven las luces con la forma de su deseo más intenso. Igualmente la trama carece de un argumento consistente, y en alguna ocasión, y pese al escaso metraje -80 minutos, el equivalente a dos capítulos- uno tiene la sensación de que no había intención real de contar una historia sino de recuperar a unos personajes que muchos echábamos verdaderamente de menos. Con todo, y como seguidor de la serie, la película se disfruta como un epílogo en forma de capítulo doble que despide definitivamente a los Aparecidos y que, al mismo tiempo, les ofrece un nuevo punto de partida. Por si acaso.

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