sábado, julio 27, 2013

Star Trek. En la oscuridad: La ira de Sherlock

Hasta el planeta Nibiru, poblado por una civilización tribal poco avanzada que todavía no ha descubierto la rueda, se ha desplazado la nave USS Enterprise para una misión rutinaria de exploración y observación, durante el curso de la cual han sucedido dos cosas a la vez. Por un lado un volcán del planeta ha entrado en erupción amenazando con destruirlo por completo, y por otro el capitán Kirk ha irrumpido en el templo de los Nibiros disfrazado y ha tomado prestado un pergamino sagrado levantando las iras de los indígenas. Mientras Kirk (Chris Pine) huye para salvar su vida, Spock (Zachary Quinto) trata de detener la erupción volcánica, llegando a una situación en la que su vida corre serio peligro y el Enterprise no puede hacer nada para rescatarlo sin entrar en conflicto con la Primera Directiva de no interferir con las culturas poco avanzadas que no han alcanzado el punto del Primer Contacto.


Los sucesos de Nibiru provocan una conmoción en el seno de la Flota Estelar, que provoca poco menos que la ira del Almirante Pike (Bruce Greenwood) y la separación del equipo Kirk-Spock, asignados a diferentes naves. Una explosiva irrupción en las bases de datos londinenses de la Federación provoca la alarma general y se convoca una reunión de urgencia en la sede de la Flota en San Francisco, a la que asiste la plana mayor de la misma, sólo para se objeto de un brutal y salvaje ataque por parte de un único asaltante. El nuevo Almirante, Alexander Marcus, pondrá a Kirk al mando de una delicada misión, localizar al asaltante, John Harrison (Benedict Cumberbatch), en una abandonada provincia del planeta natal de los Klingon, Kronos, y borrarlo del mapa con un sofisticado sistema de misiles de protones.


Para cumplir esa misión la tripulación del Enterprise debe viajar hasta un sector hostil y enfrentarse a un enemigo evidentemente superior en todos los sentidos, un ser con un código moral estricto y peculiar y una sed de venganza provocada por unos sucesos de los que Kirk irá siendo poco a poco conocedor y que alterarán el modo en que percibe al siempre frío, inteligente, letal y determinado Harrison. Junto a un Kirk lleno de furia y determinación y un Spock que aún lidia con las secuelas de la desparición de su planeta natal apenas un año antes, nos encontraremos con un Bones McCoy (Karl Urban) cascarrabias pero cumplidor, una Uhura (Zoe Saldanha) que se debate entre sus sentimientos por el vulcano y las necesidades de la misión, un Chekov (Anton Yelchin) desterrado temporalmente del puente a la sala de generadores, un Suru (John Cho) resolutivo y eficaz, un Scotty (Simon Pegg) enfrentado abiertamente a las órdenes de carácter claramente militarista recibidas, y la nueva incorporación de la tripulación, la de la doctora Wallace (Alice Eve), con un curioso interés por los misiles de a bordo y por la verdadera misión del Enterprise.


De la superficie de Nibiru a Londres, de San Francisco a Kronos, de las lunas de Júpiter a la de la Tierra, y de nuevo a la bahía de San Francisco, no hay lugar en el universo que no siente la ira y la desesperación de un John Harrison desatado, ira que afectará a aquellos que se enfrentan a él de formas muy diversas pero que no dejarán a nadie indiferente y cuyas consecuencias alterarán para siempre las vidas de los tripulantes del Enterprise.


Star Trek: En la oscuridad es la segunda película de la nueva línea temporal paralela de la franquicia Star Trek, y la decimosegunda en el total de la serie. Mantiene en tono y equipo prácticamente todo lo visto en su primera entrega, con los añadidos de Damon Lindeloff al equipo de guionistas y de los actores Eve, Weller y Cumberbatch a un reparto ya consolidado en sus icónicos papeles, que aquí ya juegan a interpretar sus roles con confianza y soltura y dando la impresión de ser una auténtica tripulación que, con el tiempo, quizá llegue a convertirse en esa entrañable familia estelar que acabó siendo en el antiguo universo Trek. Pilotando de nuevo la nave con mano firme, y cumpliendo todas las expectativas con creces, nos encontramos con J.J. Abrams, ese fanboy que hace cine para los aficionados, plagado de referencias y de homenajes -incluso a sí mismo, que este chico no perdona una- y que consigue con ST: En la oscuridad un taquillazo veraniego con buenas medias críticas y sólo unas mínimas y muy especializadas reticencias dentro del fandom más irredento de la franquicia. No es de extrañar que la Disney haya puesto en manos de este enfant terrible la dirección de las nuevas películas de Star Wars, a las que espero mantenga un poco más de tono, estilo y respeto respecto de las originales.


En la sala de generadores, vigilando el motor de curvatura y plasmando sobre la pantalla ideas y diálogos, nos encontramos a los habituales Kurtzman y Orci, que parecen funcionar estupendamente dentro de las producciones Bad Robot (la primera Star Trek, Fringe, Alias, MI: III) pero que tienen truños importantes en su haber como Transformers I y II o La isla. Precisamente esa experiencia dentro de las producciones destinadas a recaudar lo máximo posible independientemente de su calidad intrínseca y que presentan grandes valores de producción -blockbusters, creo que los llaman-, matizada por la sinergia creativa que se produce en la productora de Abrams es lo que ha hecho que las dos nuevas entregas de la franquicia logren unos resultados tan equilibrados entre lo que debería ser una superproducción con unos mínimos de calidad exigibles, y un gran espectáculo que aunque no se tome demasiado en serio a sí mismo, si ofrezca un plus de desarrollo de personajes y de situaciones creíbles e interesantes al espectador. La adición de Damon Lindeloff al equipo de guionistas permite a este disfrutar por fin de un éxito de público y crítica sin la polémica y los palos recibidos en sus dos últimos grandes trabajos: el final de Perdidos (sí, esa maravilla emotiva, contenida, de dos horitas de duración que acababa con el plano de "UN PERRO" -Vincent, amigos- y que hubo espectadores que no pudieron ni quisieron entender) y el guión de Prometheus, la película que muchos odiaron amar el verano pasado, y que servidor, tras verla dos veces, ama odiar, porque reconociendo sus defectos, errores e inconsistencias llega un momento en que me veo atrapado por la tensión y la urgencia de la historia.


Como ya he avanzado antes, el reparto da un paso más en la asunción de sus papeles con convicción y credibilidad, corriendo el riesgo dentro de esta franquicia de quedar marcados para el resto de su carrera por los mismos y acabar convertidos en la cómica sombra del reparto original que vimos en su momento en la divertida y entrañable Space Quest (Héroes fuera de órbita), hasta el momento el homenaje más inteligente y respetuoso pero con punch que se ha hecho del entorno trekkie. Para mi gusto Pine es demasiado físico y chulesco para el personaje, algo que podría explicar su nueva condición de huérfano y delincuente juvenil, pero que ese carácter pendenciero se pueda llegar a contagiar siquiera momentáneamente a Spock ya me chirría un poco más. El desarrollo de Uhura está bien por el mayor peso en la trama y la acción, mientras que Chekov y Sulu, más allá de potenciar el aspecto multicultural de la tripulación presentan rasgos que los hacen simpáticos al espectador. Mis dos personajes favoritos siguen siendos los que eran en la serie de televisión, los más humanos, cercanos y entrañables. El doctor McCoy ejercía de voz de la razón, de tipo prudente, humano, y aún así leal a su capitán y capaz de ir hasta el fin del mundo para socorrer a los suyos. La expresión "Maldición Jim, soy médico, no mecánico/piloto/soldado/artificiero/etc" es uno de los clásicos de la saga, y ese toque de cascarrabias está quizá un tanto exagerado en esta nueva versión. Igualmente Scotty, encarnado por uno de los musos de este blog, Simon Pegg, es dicharachero, muy bueno en lo suyo pero muy malo a la hora de seguir órdenes dentro de una estructura rígida. Los mejores momentos de comedia siguen estando a su cargo, y el sidequick alienígena que le sigue acompañando me parece por igual entrañable y divertido.


Pero la parte del león a nivel de reparto se la lleva Benedict Cumberbatch, el villano absoluto de la función. Y digo absoluto no porque sea el único, sino porque cada momento, escena, plano en que John Harrison aparece, roba la película y la atención se centra por completo en su personaje. Sus diálogos son ominosos, sus acciones terribles y mortales, su presencia en pantalla es impresionante, pero lamentablemente el desarrollo a fondo del carácter y la motivación de su personaje no se hacen en profundidad. Algo muy parecido a lo que sucediera con Bana/Nero en la primera película, y que no deja de ser una pena, en tanto que Cumberbatch, uno de los más prometedores nuevos valores británicos que ha deslumbrado con su Sherlock televisivo y que con su gris pero arrebatador personaje de El Topo me tuvo hipnotizado en pantalla, podría haber dado mucho más de si aportando al personaje algo más que una atractiva superficie visual y unas cuantas poses de arrebatadora villanía y carismática maldad.


Por ir finalizando ya esta pequeña reseña de la película, quiero resaltar, desde mi posición de fan de la saga de medio perfil, que ha visto todas las películas como mínimo un par de veces y quizá un 25 por ciento del material televisivo completo, un par de elementos, uno positivo y otro no tanto, y que reflejan el delicado equilibrio que Abrams y compañía han tenido que buscar en esta nueva andadura cinematográfica. Por un lado nos encontramos con un juego de continuas referencias y guiños a la serie original y a las películas clásicas, con una traspolación directa del argumento de uno de los primeros y el clímax de una de las segundas, alterando en este caso el protagonismo de dicho clímax y homenajeando algunos de sus diálogos. No se me quejarán de la exquisita delicadeza con que estoy omitiendo el espoiler en esta reseña -que no en el título de la misma-. Guiños como el del Tribble en la mesa de McCoy, las maquetas de naves de la federación en el despacho de Marcus, o los continuos diálogos extraídos de la serie original son un verdadero juego de referencias que mantendrán al trekkie más acérrimo con una sonrisa en los labios. Por contra, la fisicidad, dinamismo y violencia imperantes en muchas de las acciones y actitudes de los protagonistas, así como la disolución de muchas de las discusiones ético-filosóficas de la tripulación original en simples máximas que salpican las trepidantes secuencias de acción abundan en aquella pérdida del sentido original de la saga de la que  les hablé hace un par de años a cuenta de Star Trek. Es un encaje de bolillos para mantener a los fans tradicionales y alcanzar a un público mayoritario que quiera disfrutar de una aventura sin más complicaciones ni implicación posteriores. Y al parecer, vistos los resultados, tenemos que reconocerle a Abrams que eso lo ha conseguido sin apenas despeinarse.


Personalmente tenía mucho hype -expectativas elevadas alimentadas por la continua promoción, avances y noticias relacionadas con la película- con el estreno de ST: En la oscuridad, en un verano repleto de grandes estrenos que han buscado llenar las salas con espectáculos mastodónticos y una clara propuesta por el género fantástico, con superhéroes, ciencia ficción, monstruos y zombis repartiéndose el bacalao. ¿Me gustó la película? Bastante. ¿La disfruté? Mucho. ¿Estuvo a la altura de mis expectativas? Pues lamentablemente, no del todo. No consigo empatizar al cien por cien con estos nuevos tripulantes del Enterprise, y me siento más próximo de aquellos carrozas cincuentones y sesentones que hablaban con satélites inteligentes, se peleaban con indios evolucionados, daban vida a planetoides yermos y salvaban las ballenas de la Tierra viajando en el tiempo. Entre tanta explosión, pelea a guantazo limpio, caídas y persecuciones me encuentro a gusto, pero no como en casa. Veo un espectáculo de primera pero a renglón seguido puedo ver A todo gas 6 donde voy a encontrar algo muy parecido -y curiosamente con un sentido de familia y de saga muy desarrollado-. Visto lo visto me voy confirmando en mi sospecha de que este verano la película que más alegrías me va a dar, precisamente porque es la que mayor desastre auguraba, es la que estrena Brad Pitt la semana que viene y le enfrenta a los increíbles zombis infectados enjambre. Veremos. Por el momento, larga y próspera vida a esta nueva singladura de la Enterprise en su misión de exploración por los confines más remotos de la galaxia y que la fuerza nos acompañe para cuando Abrams hinque el diente a la que sí, es mi franquicia favorita, uno de mis amores de infancia, juventud y madurez, y algo que ha estado presente de una u otra forma a lo largo de toda mi vida...


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