viernes, agosto 25, 2006

Let’s roll: La historia del vuelo que contraatacó

Casi cinco años después de los sucesos que rodearon al tristemente célebre 11 de septiembre de 2001, Hollywood comienza tímidamente a fijarse en tales acontecimientos como material de base para algunas producciones cinematográficas. La primera en estrenarse (a finales de abril en EEUU) fue esta Vuelo 93 dirigida por el británico Paul Greengrass, quien obtuvo cierto reconocimiento de crítica y público con la estupenda y descarnada Bloody Sunday y la efectiva El mito de Bourne. Adoptando un tono muy conciso, seco, casi naturalista, prescindiendo de la presencia de estrellas o de actores claramente reconocibles así como rehuyendo los efectismos gratuitos, tan habituales en el cine propagandístico yanqui, Greengrass recrea en este film el lapso temporal de cuatro horas (quizá algo más), las que transcurrieron en la mañana del 11-9-2001, concretamente entre una hora indeterminada antes del embarque de los pasajeros del infausto vuelo hasta el fin abrupto y cruel de su accidentado –por decir algo- viaje.

La historia es de sobra conocida. El 11-S cuatro aviones fueron secuestrados con el objetivo de estrellarlos contra objetivos estratégicos –por su valor como símbolo de la sociedad norteamericana- cuidadosamente seleccionados. Dos impactaron contra las torres norte y sur del World Trade Center, otro se estrelló contra el pentágono y el cuarto iba destinado hacia la Casa Blanca. El vuelo 93 de United Airlines, con origen en Newark y destino a San Francisco, contaba con siete tripulantes y 41 pasajeros, cuatro de los cuales se apoderaron del control del avión empleando cuchillos y algo que –al parecer- era una bomba casera falsa. En el transcurso del secuestro inicial los dos pilotos, una azafata y un pasajero fueron acuchillados hasta la muerte. Lo que sigue son conjeturas en base a las comunicaciones que los pasajeros pudieron entablar con el exterior, las transmisiones de la cabina y los registros de la caja negra. Por un lado, se supone que el objetivo del avión era Washington, y tanto podía ir dirigido contra el Capitolio que contra la Casa Blanca. Por otro, los pasajeros fueron comprendiendo la situación a medida que familiares o amigos les indicaban lo que había sucedido con los otros aviones. La hipótesis de un secuestro a la vieja usanza quedaba descartada ante la certeza de en el avión no había una bomba, sino que la aeronave misma era la mortífera arma que los secuestradores pretendían utilizar. A medio camino entre la desesperación por ver su final próximo, y la débil esperanza de frustrar los planes de los secuestradores a toda costa, un grupo de pasajeros (Todd Beamer, Tom Burnett, Jeremy Glick y otros) ayudados por las auxiliares de vuelo (C.C. Lyles y Sandra Bradshaw) lanzaron una ofensiva a la desesperada. El resultado final, desconocido, es que el avión impactó contra el suelo en los alrededores de Shanksville, Pensilvania, sin causar más víctimas que los tripulantes y los pasajeros.

Lejos de querer ser dogmático en su planteamiento, el film advierte que se trata de una recreación de los sucesos en base a las tres fuentes antes citadas. Se descarta de entrada la hipótesis, que también circuló en su momento y aún mantienen muchos que el avión fue abatido por los aviones de la fuerza aérea estadounidense.


Y aquí entra en juego el segundo plano narrativo de la película, el centrado en las sedes de los organismos de control del tráfico aéreo del país (tanto las autoridades civiles como las militares), así como de las secciones de controladores aéreos de Boston o New York. En la mayoría de los casos no se trata de actores, sino de auténticos funcionarios o controladores recreando el drama vivido en aquellas horas, y lo cierto es que no salen muy bien parados. Hablar de falta de previsión, de caos, de descoordinación entre los mandos aéreos civil y militar es poco. No se puede decir que esta sea una producción indulgente con el sistema.


La intensidad dramática del film se desarrolla plenamente en su tercio final, en el centrado en los sucesos que se desarrollaron dentro del angosto espacio de la cabina del avión. Tanto secuestradores como pasajeros aparecen retratados de forma muy humana, sin maniqueísmos. Los primeros dudan antes de iniciar el secuestro, se muestran temerosos de la superioridad numérica de los pasajeros o de que se les impida cumplir su misión con éxito. Los segundos, cuando asumen la cruel realidad de su probable destino inician el proceso doloroso de despedirse de los suyos, de desearles las cosas que todos desearíamos a los nuestros en caso de saber que no los volveríamos a ver. La mujer que indica a su hija la combinación de la caja fuerte donde guarda el testamento, el hombre que sólo ha podido contactar con un compañero de trabajo al que transmite su despedida para su familia o la mujer que presta su teléfono a su compañera de vuelo para que pueda hablar unas últimas palabras con los suyos, son momentos de una intensidad dramática muy potente en los que Greengrass apenas se detiene (como tampoco se detuvo al comienzo cuando uno de los secuestradores, en el aeropuerto, se despedía de su mujer con un lacónico te quiero). Y brutal resulta igualmente el momento en que unos y otros rezan a su dios pidiéndole su ayuda, unos entonando salmos del corán y los otros rezando el padrenuestro antes de la catártica explosión de violencia inútil que les llevará hasta el final. Una película muy seca, repito, sin alardes de pirotecnia pero plenamente satisfactoria como homenaje a los pasajeros y tripulantes del Vuelo 93.


La película se cierra con una emotiva dedicatoria a todos aquellos que perdieron su vida el 11-S. Y me sumo a ella con este post que se me va de extensión, se me va… Se me ha ido. Empleo las palabras con que Paul Chadwick cerrara su recreación homenaje de cuatro páginas, Sacrifice, sobre el mismo tema, hace ya cuatro años y pico:

“Tenían familias, seres queridos.
Todas las razones para agarrarse a esa maravillosa cosa que llamamos vida.
Ellos hicieron lo difícil, lo correcto.
Yo les saludo.”

Permítanme ustedes que yo haga lo mismo. Posted by Picasa

7 comentarios:

Adri!!! dijo...

Pues nada ire a verla, aunque mi padre es controlador aereo, no se yo, no se yo...

Plissken dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Plissken dijo...

Mejor, mejor, así pillará la parte técnica del rollo de los centros de control. Menudo estrés. Es curioso el modo en que se pasan unos a otros los aviones a seguir, con plaquitas de madera y el indicativo de vuelo.

Skellington dijo...

Lo heavy de verdad es que no son actores profesionales, que la mayoría son familiares y amigos de las victimas... y que el controlador aereo de la peli es realmente el de aquel día. Manda cojones...
Esto es Halloween come back!!

Plissken dijo...

Skellington:
Cierto, eso le da aún más verosimilitud -que no veracidad- a la película y ayuda a transmitir las sensaciones tan intensas que deja en los espectadores.
Y es cierto, sí que andaba usted desaparecido últimamente. Por cierto, que habrá que ir haciendo ya lista de asistentes a ya-saben-qué dentro de una semanita y poco.

Adri!!! dijo...

Peli vista.

Lenta, aburrida, y de los controladores se ve mas bien poco, aunque me ha gustado el centro de control para controlar a los controladores (de eso en España no hay). Por cierto, son placas de plastico, el "radar" (para resumir) imprime fichas de cada avion que entra en su sector de papel que se colocan sobre las placas y... mejor te lo cuento en ya-sabes-donde que es muuuuu largo.

Por cierto, La joven del agua magnifica. Eso si que es una peli.

Yeah!

Plissken dijo...

Adri!!!:
Quien controla a los controladores?
En fin, siento que no le gustara la peli tanto como espero que me guste a mí La joven del agua, en cuanto pueda verla ;)

Y lo de contármelo in person ya sé cuando... ¿es una confirmación de su asistencia a ya sabe qué?

Un abrazo!

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